
La sombra iba venciendo a la luz.
Sin comprender la causa, el joven sentía dentro de su alma una confusión extraña. Nubarrones pesados de tristeza empañaban su espíritu. Perseguía con la mirada a las nubecillas negruzcas que cruzaban el cielo cobrizo y, como ellas, hubiera querido huir a las regiones misteriosas y lejanas en donde el sol se oculta.
Y la sombra vencía a la luz.
El padre del enfermo silbaba una canción monótona que, igual, iba cambiando de matiz a medida que cambiaba el paisaje. La brisa ligera hacía rodar las amarillentas hojas de los árboles. A veces, un soplo más vigoroso balanceaba sus negras ramas.
Y la sombra vencía a la luz.
En la lejanía, sobre la cresta de un monte, dos arbolillos raquíticos cantaban bajo el cielo rojo su abandono y su desolación. De un montón de paja, encendido junto a una choza, escapaba el humo recto y retorcido como una columna salomónica. Del choque de las sensaciones vagas y confusas que experimentaba el enfermo, salía como esas nieblas que aparecen al amanecer en los ríos, una enorme tristeza, una pesada melancolía.
Y la sombra vencía a la luz.
En aquella hora, ante el espectáculo de la agonía de la tarde, el joven sintió frío y sintió la inquietud de su fin próximo. –Padre mío, Dios mío, gritó.
Y la sombra vencía a la luz.
Y la sombra caía sobre su corazón como una nube de plomo.
Las estrellas parpadeaban en el alto cielo. El camino, al reflejar su luz tenue, tomaba un brillo de plata de oscuro tono. El campo se extendía negro y triste como un mar sin olas, lleno de murmullos y de inquietudes. –Dios mío, Dios mío, no olvidéis vuestra promesa.
Y la sombra vencía a la luz.
Y la sombra caía sobre su corazón como una nube de plomo.
Todavía quedaba en el poniente la suave claridad del sol. –Dios mío, volvió a gritar el enfermo con su voz débil, y murió. Una estrella corrió por el cielo dejando una brillante ráfaga luminosa.
Hubo un tiempo glorioso en que él nos oía, y las imágenes de las vírgenes y de los santos se nos aparecían en las grutas de la tierra y en las olas del mar. Pero como es cierto que estamos en decadencia y que caminamos a la perdición, ya no nos atiende. Los hombres en su jaula han gemido, han rezado, han gritado tanto, que han vuelto sordo al amo ; al amo de la jaula. Por eso no nos oye.
Pío Baroja
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